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9 junio, 2026Compartimos este reportaje de Heraldo de Aragón en el que una orientadora, una psicóloga infantojuvenil y una médica e investigadora de Atención Primaria de Zaragoza advierten del incremento de casos de salud mental que dejó la pandemia y de la falta de recursos
El malestar emocional de los adolescentes crece 11 puntos tras la pandemia y se cronifica, afectando en su mayoría a chicas jóvenes de entre 17 y 18 años. Son datos del último estudio HBSC sobre las conductas saludables de jóvenes escolarizados, una iniciativa de la OMS respaldada por el Ministerio de Sanidad que muestra cómo en los últimos años han aparecido nuevos síntomas que no se manifiestan mediante conductas disruptivas en el aula.
«El malestar adolescente es cada vez más silencioso e invisible. Lo que vemos sobre todo desde la pandemia, aunque es una tendencia que viene de antes por la influencia de las pantallas, es que las interacciones sociales son menos espontáneas, más medidas. Queda mayor registro de las cosas que decimos y hacemos, y eso está promoviendo una mayor mirada hacia dentro, una supervisión constante que no siempre es positiva«, advierte la psicóloga de infantojuvenil de Asapme Beatriz Lucea.
En la Asociación aragonesa pro salud mental (Asapme), la demanda de terapia por parte de niños y adolescentes es «cada vez mayor», y se da con problemáticas cada vez más internalizadas. «Vemos que no quiere acercarse a sus compañeros o compañeras, pero no sabemos por qué; que se encierra en el cuarto, pero aparentemente todo está bien, aunque luego no nos dirige la palabra», describe esta psicóloga.
Este tipo de actitudes, advierte, son solo la «punta del iceberg», pues la resistencia que ponen los adolescentes para tocar ciertos temas hace que cueste mucho más detectar lo que hay detrás.
Evidencia científica: una brecha de género y edad
Según el último estudio HBSC, el malestar emocional en adolescentes ha pasado del 27,8% en 2018 al 38,5% en 2022 (casi 11 puntos porcentuales de subida). Por otra parte, se ha puesto también de manifiesto que existe una brecha de género: el impacto se intensifica en las mujeres, alcanzando a un 60,3% de las chicas de entre 17 y 18 años, frente al 28,4% de los varones de su misma edad.
Isabel Tolosana, orientadora educativa del IES Pedro de Luna, subraya que en las chicas este malestar pasa desapercibido hasta que se producen reacciones abruptas y desproporcionadas, generalmente, por un trastorno de ansiedad con una crisis importante. «Son jóvenes que no generan conductas disruptivas en el aula y que, además, tienen una gran autoexigencia. Por tanto, su rendimiento académico suele ser bueno. Sus profesores te dicen: ‘se sienta ahí, al fondo, siempre parece sonriente…’, hasta que en algún momento todo sale. Hay que saber observar porque hay una serie de indicadores que nos van a ayudar a estar atentos a posibles cambios o a tener conversaciones preventivas. Lo importante aquí es detectar cuanto antes para que puedan pedir ayuda», defiende.
Los datos indican que en los últimos años han aparecido nuevos síntomas. En este sentido, las profesionales consultadas advierten de que las patologías ya no se manifiestan siempre mediante conductas disruptivas visibles en el aula. Actualmente predomina un perfil de desgaste emocional sostenido caracterizado por el aumento de la ansiedad y la somatización, la fatiga crónica e insomnio, la elevada carga de autoexigencia,el desenganche escolar silencioso, y un efecto «24/7» de la digitalización, donde la validación social depende de una convivencia híbrida que genera vulnerabilidad a la comparación y la exclusión.
«Hay una visión más consciente de uno mismo, pero no es un enfoque positivo de mejora, sino de: todo lo que no me sale, todo lo que hago mal, todo lo que no hago como otras personas que veo en las pantallas… Nos centramos en unas expectativas muy elevadas, en redes enseñamos resultados, pero no tanto procesos, y eso se está relacionando con baja autoestima, ansiedad social, trastornos de la conducta alimentaria y este abuso de pantallas«, subraya la psicóloga Beatriz Lucea, quien pone el foco en una serie de señales de alarma que pueden prevenir al entorno de los adolescentes con algún tipo de malestar psicológico.
Indicadores del malestar en adolescentes
- Aparece mayor apatía e irritabilidad.
- Pérdida de aficiones o de interés por deportes o hobbies que antes les interesaban y no se sustituyen por nada más. «La adolescencia es una época de cambios, pero cuando no hay una búsqueda de algo con lo que sustituir esa actividad que dejamos, hay que estar alerta», advierte Lucea.
- Mayor tendencia al aislamiento.
- Refugio en las pantallas, no por adicción sino convertidas en una forma de alivio emocional rápido. «Cuando hay malestar, los recursos cognitivos también se ven limitados. Vemos a jóvenes que solo son capaces de estar deslizando el dedo, que es una actividad muy pasiva», explica esta psicóloga.
- Cambios en su espontaneidad en las relaciones, que busquen menos contacto con la familia.
Por su parte, Isabel Tolosana, orientadora en el IES Pedro de Luna, añade los que son a su juicio otros indicativos a tener en cuenta en el ámbito educativo para detectar el malestar emocional en la adolescencia.
- Cuando empiezan a faltar a clase a primera hora.
- O piden irse a casa porque no se encuentran bien y empiezas a ver un patrón (puede haber una bajada en el rendimiento académico o una crisis abrupta de «no puedo más»).
- Una reacción desproporcionada el día menos pensado.
- Cansancio o sueño en clase: puede ser derivado de un uso abusivo de las pantallas o simplemente «adolescentes que no duermen bien porque no están bien», señala.
Cómo actuar en casa y en el colegio
Para abordar este tipo de situaciones tanto en el ámbito educativo como familiar, ambas profesionales abogan por fomentar un «estilo de comunicación familiar» que permita hablar abiertamente de las emociones, para lo que aconsejan:
- Fomentar el diálogo sobre las emociones desde pequeños.
- Validar cómo se sienten y aprovechar para ello conversaciones cotidianas. Una barrera que se encuentran muchos padres es: ‘mi hijo no me cuenta nada, qué voy a validar yo ahí’. Pero en el día a día, asegura esta psicóloga, hay muchos momentos para buscar ese diálogo.
- La idea no es solucionarles todo, sino aquello a lo que no lleguen, dar un apoyo. «Ellos tienen que ser capaces de llegar un día a casa y decir: ‘estoy agotado, me siento desanimado’. Generar en ellos una capacidad de aceptar el malestar que a veces no conseguimos y es muy peligroso. Muchas veces cuando se acercan a contar un problema, la perspectiva de los menores no es que se lo solucionemos, sino que lo entendamos», puntualiza.
- Cambiar el interrogar/acusar (ese «por qué no cuentas las cosas») por hablar desde la experiencia y el afecto, recurriendo a mensajes como: «he notado que últimamente estás más triste, me preocupa que lo estés pasando mal y no me haya dado cuenta»; «¿hay algo que pueda hacer para que estés mejor?».
- Intentar el diálogo y no dar por sentado que la respuesta va a ser «no».Un consejo válido tanto para padres como para profesores. «Si observan algo, hay que validar, no minimizar en base a cuestiones de otros. Hay una diferencia entre ofrecer ayuda y que me digan que no, a no ofrecerla. Siguiendo este patrón, sus hijos e hijas o alumnos y alumnas están asimilando que cuando haga falta apoyo van a estar ahí, de lo contrario a lo mejor ese mensaje no llega», apostilla Lucea.
- Orientarles a que pidan ayuda, una cuestión -reconoce esta psicóloga- que cuesta porque nos hace sentir vulnerables. «Hay que normalizar que todo el mundo pasa por malas rachas, y eso es una señal de que somos humanos y no pasa nada por reconocer que a veces se sufre», añade.
- Si no se da ese clima en casa, acudir a cualquier profesor, orientador o amigo que les ayude a verbalizar ese malestar emocional que arrastran.
Muchos factores detrás del ‘iceberg’ y pocos recursos coordinados
Este aumento del malestar emocional entre los adolescentes tiene un componente multifactorial. Isabel Tolosana, orientadora educativa del IES Pedro de Luna, habla de un cambio estructural en el que la pandemia hizo de «catalizador y acelerador» de algo que ya estaba latente: el aislamiento cada vez mayor de los adolescentes.
«Se habla mucho de la soledad en la tercera edad, pero muchas veces hay una gran soledad en los jóvenes: o bien porque en la adolescencia la red de amigos se mueve mucho, y si los intereses no evolucionan de la misma manera te quedas fuera del grupo, o derivada de las propias redes sociales: porque no estás conectado, porque no cuentan contigo o no te dan esas validaciones inmediatas. Puede haber soledad que provoca en muchas ocasiones sentimientos de desesperanza«, alerta esta psicopedagoga.
Entre otros factores de riesgo, Tolosana menciona también el factor económico -un estresor muy frecuente en 2º de Bachillerato, en familias donde no está garantizado que puedan continuar los estudios-, el desarraigo cultural de chicos y chicas «que han dejado su país y parece que se nos olvida que viven un proceso de duelo importante, que necesita mucho acompañamiento»; también separaciones y divorcios que, en ocasiones, generan un «gran malestar emocional» porque no siempre se resuelven de la forma más adecuada, y otras situaciones más extremas de violencia en el entorno familiar o escolar, donde el acoso se ha convertido en «un ladrillo en la mochila que los adolescentes que lo sufren van a arrastrar mucho tiempo por el dolor y el sufrimiento que produce».
En la actualidad, cuando la familia autoriza esa comunicación directa entre el Departamento de Orientación del centro y el psicólogo o psiquiatra de referencia, existen unos anexos para poder derivar desde el colegio y solicitar que haya una intervención sanitaria. «Salvo que sea un caso de ideación suicida, que entonces hay un protocolo específico que cumplimentamos y se aporta a pediatría para derivar a salud mental, lo que hacemos es un informe de sospecha de otro tipo de trastorno y animamos a la familia para que se acerque a Atención Primaria para que sean derivados. Si estamos ante un caso un poquito más grave, les derivamos a Urgencias, pero esos son casos muy extremos, que no es lo habitual», comenta esta orientadora.
Para Tolosana, una forma de atajar este aumento del malestar adolescente sería mejorar y generar nuevos cauces de coordinación entre los servicios educativos y sanitarios. «Eso es una demanda de la sociedad. Faltan recursos en sanidad, en educación, a nivel social. El incremento de casos es muy muy grande, hablamos en conjunto de un aumento del 200 o el 300%, sin tener en cuenta los trastornos de conducta alimentaria, que se dispararon en la pandemia. En el centro en el que estoy, trabajamos dos orientadoras y estamos en mejor situación que en otros, pero solo te da tiempo a detectar, no a intervenir, y así la atención se queda escasa. Lo ideal sería que estos chicos tuvieran más recursos a su alcance y una intervención más coordinada«, defiende Tolosana.
El problema, a juicio de la doctora Rosa Magallón, primera catedrática de Medicina de Familia en España y coordinadora del Grupo de Investigación en Atención Primaria en Aragón, es la poca accesibilidad que tienen los adolescentes al sistema sanitario y un sistema de Atención Primaria que «abandona» a la persona en una franja de edad muy relevante en sus vidas: la adolescencia.
«En esta etapa es donde se inician los brotes psicóticos, los consumos de tabaco, de marihuana, los comportamientos machistas, el bullying y la soledad no percibida, y paradójicamente, si tienen un malestar emocional no tienen un referente en el centro de salud al que consultar. Si no lo quieren comunicar con sus familias, que es lo habitual, la accesibilidad del sistema a los adolescentes es muy limitada. O montas una consulta de tardes o tienen que hacer pirola para venir a verte«, comenta Magallón, quien propone a los poderes públicos establecer de forma reglada una ‘consulta joven’ en los centros educativos que funcionara en turno de tarde y estuviera dotada de profesionales que se ganaran la confianza de los adolescentes.
Experiencias en esta línea, asegura, ha habido en colegios e institutos que se han puesto al servicio de los menores para abordar problemas de salud mental de forma coordinada con médicos y residentes. «Yo misma he tenido la experiencia de dos horas de consulta libre a la semana, de 15.30 a 17.00, y mis adolescentes siempre han sabido, porque he aprovechado cualquier visita por un catarro que venían con sus padres para decirles que estaba ahí y podían venir siempre que lo necesitaran sin cita. Y eso que yo hacía a título individual es una cosa que se podría normalizar. Pero hay que dar accesibilidad a los adolescentes para acceder al sistema sanitario cuando puedan porque estamos en una etapa vital, no solo de desarrollo de valores sino de desarrollo de patologías, adicciones, problemas de alimentación, etc.», reivindica esta especialista, que cuenta con una dilatada actividad asistencial de más de 33 años en el centro de salud Arrabal.
Actualmente, como investigadora de la Universidad de Zaragoza, tiene varias líneas de trabajo abiertas que abordan la soledad no percibida en adolescentes. Una de ellas, centrada en las consecuencias de la adicción a las pantallas, que focalizamos -advierte- de forma errónea solamente en los jóvenes. «Cuando pregunto a las niñas ‘¿cuántas horas estáis con el móvil?’ muchas te dicen ‘menos que mis papás’. No tenemos noción de que estamos en una adicción que se genera en la adolescencia, pero se promueve desde las familias, educadores y las propias instituciones. Por tanto, no podemos estigmatizar a un grupo de población cuando los responsables de ese grupo estamos haciendo lo mismo», critica.
Por otro lado, Magallón habla también de la influencia de los cambios sociales que atraviesan los modelos de familia. «Estamos viendo familias monoparentales con unas condiciones laborales penosas, sin red familiar amplia. Los llamamos: ‘los niños de la llave colgando para no perderla’ y del ‘cuando llegues, caliéntate la cena que ya llegaré yo’. Pobres mujeres, habitualmente -confiesa-. Son hijos únicos, familias monoparentales, familias cortas, con pocos primos, uno o ninguno. Crecen en soledad porque no saben o no tienen un referente de familia extensa. Ahora hay niños que celebran las Navidades en casa tres personas. ¿Y cuántos se juntan en los cumpleaños? Están solos y no lo saben. Ese es el contexto que manejamos, y hay mucho de esto en la adolescencia porque es un cambio social que también genera malestar emocional«, comenta esta doctora, que plantea varias medidas para abordar esta epidemia de casos.
Como ejemplo, pone el Código Ictus, referente en Aragón en el tratamiento del accidente cerebrovascular, o el poder crear una escuela de padres y madres dentro de las Ampas. «Hay que hacer abordajes amplios a nivel de salud pública y de coordinación. No puede ser que el sistema educativo vaya por un lado, la Atención Primaria por otra y las familias se encuentren completamente desubicadas. Vivimos muy de espaldas los unos a los otros. Las familias van dando tumbos y los niños están sufriendo. Esto hay que abordarlo como lo que es, una auténtica epidemia que requiere medidas de salud pública. Y lo mismo que hay una comisión de absentismo en los colegios tiene que haber una de salud mental. Igual que existe el código Ictus, si hay un riesgo grave en este ámbito, hay que actuar y no se actúa«, concluye esta catedrática, que participó este lunes, junto a la orientadora Isabel Tolosana y la psicóloga Beatriz Lucea, en la última charla del V Ciclo de Salud Mental Infantojuvenil, organizado por Asapme Aragón.
Fuente: Heraldo de Aragón




